2026-01-25 19:01:00
El 1 de diciembre de 1948, un hombre llamado José Figueres Ferrer se plantó ante los muros de piedra del Cuartel Bellavista, en San José de Costa Rica, con un mazo de carpintero. Se puso a golpear las paredes del cuartel como si no hubiera un mañana. Lo hizo frente a las cámaras y ante un país que aún olía a pólvora tras una guerra civil. Aquel día, Costa Rica no solo derribó un muro; eliminó algo que había parecido intocable para cada nación del mundo desde el origen de los tiempos: el ejército. “No quiero un ejército de soldados, sino un ejército de educadores”, dijo. Y el mundo, que por entonces se rearmaba para la Guerra Fría, pensó que se había vuelto loco.
A ‘Don Pepe’ no le regalaron el mazo; se lo ganó luchando. Era un cafetalero que lideró una guerrilla para tumbar un gobierno ilegítimo que había robado unas elecciones. Cuando entró triunfante en la capital, tenía el poder absoluto, pero decidió hacer algo que ningún “libertador” suele hacer: desarmarse a sí mismo.
Figueres sabía que, en América Latina, los ejércitos son como hijos malcriados que pueden devorar a sus padres. Si mantenía a los militares, podrían acabar dando otro golpe de Estado. Al eliminar al soldado, eliminó la amenaza. Convirtió el Cuartel Bellavista en un museo y, tras 18 meses al mando, entregó las llaves del país al presidente legítimo y se fue a su casa. Fue el único hombre en la historia que ganó una guerra solo para que nadie más tuviera que pelear la siguiente.
Siete décadas después, Costa Rica sigue ahí. Sin un solo tanque y con una de las democracias más estables del planeta. Dedica el 8% de su PIB a la educación, una cifra que los países del G7 no pueden ni soñar. Han cambiado el acero por los libros, y el resultado es un país que, en lugar de desfilar con misiles, exporta microchips y café. Es la prueba viviente de que, a veces, la debilidad es la armadura más resistente.

Panamá y el fantasma de Noriega
Bajando por el istmo, llegamos a Panamá, que aprendió la lección por las malas. Durante mucho tiempo, las Fuerzas de Defensa de Panamá fueron el juguete de Manuel Antonio Noriega, un tipo que se creía invencible hasta que los marines de EE. UU. le quitaron el poder en 1989 a ritmo de rock & roll.
En 1990, con las heridas de la invasión aún abiertas, Panamá decidió abolir el ejército por ley. Entendieron que para proteger el Canal no necesitaban generales, sino una fuerza policial de calidad. Hoy, Panamá es el centro financiero de la región. Mientras sus vecinos gastan millones en patrulleras, ellos invierten en rascacielos y logística. Es el pragmatismo puro: si el mundo entero necesita que tu Canal esté abierto, el mundo entero es tu ejército.
Granada también tomó una decisión radical tras una invasión estadounidense. En 1983 tenía ejército y un gobierno revolucionario. EE. UU. tomó la isla en la “Operación Furia Urgente”. Tras la derrota, los granadinos hicieron algo inaudito: no solo disolvieron el ejército, sino que lo prohibieron. Desde entonces, son un oasis de paz.
En el Caribe, otras naciones como Dominica, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas, también han preferido ser un paraíso turístico que una potencia regional. Un modelo que replica Mauricio en el Océano Índico.

Islandia: El portaaviones que no quiere disparar
Si cruzamos el Atlántico hacia el norte, llegamos a Islandia. Es el caso más extraño de la OTAN. Son el único país de la Alianza sin ejército permanente, pero son una de las piezas más importantes del tablero. Quien controle Islandia, controlará el Atlántico Norte.
Su única fuerza armada es una Guardia Costera con cuatro buques que, durante las ‘Guerras del Bacalao’ contra el Reino Unido en los años 70, humilló a la poderosa Royal Navy británica usando barcos pesqueros y astucia para cortar las redes de los barcos ingleses. Hoy, su defensa está en manos de acuerdos internacionales. EE. UU. mantiene allí una vigilancia constante, pero en el país, no verás un solo uniforme.
Liechtenstein y el soldado número 81
En los países más pequeños de Europa, la paz es una mezcla de tradición y buena vecindad. Andorra lleva 700 años sin ejército, protegida por España y Francia. Mónaco hace lo propio bajo el ala de París, y el Vaticano mantiene a su Guardia Suiza por estética, sabiendo que Italia es quien pondrá el pecho si vienen mal dadas.
Pero la historia más surrealista es la de Liechtenstein. En 1866, enviaron a 80 hombres a vigilar la frontera italiana durante la guerra austro-prusiana. Se dedicaron a beber vino y ver pasar las nubes. Cuando la guerra terminó, regresaron 81. Se habían hecho tan amigos de un oficial italiano que el tipo decidió irse a vivir con ellos. Es el único ejército de la historia que volvió de una guerra con más soldados. Dos años después, el Príncipe Juan II disolvió el ejército: si la guerra servía para traer invitados a cenar, mejor ahorrarse el sueldo de los generales.

El Escudo Americano: La soberanía bajo contrato
Luego están los que han convertido su defensa en un producto de importación. Micronesia, las Islas Marshall y Palaos son puntos casi invisibles en el azul infinito del Pacífico, pero en el Pentágono son líneas rojas. Bajo un ‘Tratado de Libre Asociación’, EE. UU. tiene el derecho exclusivo de operar bases militares en sus territorios y, a cambio, estos estados reciben ayuda económica y garantía de seguridad. No necesitan generales porque tienen el número directo del Secretario de Defensa en la mesilla de noche. Algo parecido ocurre en Samoa, aunque allí el teléfono que suena en caso de problemas es el de Wellington: confían su suerte a un histórico tratado de amistad con Nueva Zelanda. Islas Cook, Kiribati, Nauru, Niue, Islas Salomón y Tuvalu completan la lista de islas de Pacífico sin ejército.
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En un mundo que parece romperse por las costuras en este 2026, estos países son las únicas piezas del puzle que parecen encajar. Como decía un viejo proverbio que suelen repetir en los pasillos de la ONU: “Un pueblo que prefiere las bibliotecas a los cuarteles puede que no gane una guerra, pero seguramente será el único que valga la pena salvar”.
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