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>Beyond Miracles: Exploring Jesus’ Focus Beyond Events and Performances

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2026-01-15 21:27:00

Aún con la resaca y el buen sabor dejado por Llamados, el evento multitudinario que ha llamado la atención de medios propios y extraños (desde ReL hasta El País), hay una reflexión que no se nos puede escapar.

Al día siguiente del evento le preguntamos a don José María, el párroco de Santo Domingo de la Calzada (diócesis de Alcalá), si había podido dormir tras todo lo vivido, pues después de algo tan extraordinario es difícil parar de dar gracias y rememorar lo grande que ha estado Dios.

La pregunta evocaba algo que habíamos vivido infinidad de veces al asistir a los cursos Alpha de su parroquia, a las Oraciones de Misericordia o a tantos y tantos encuentros como los que han organizado desde Algete. Y es que, después de ver actuar a Dios en la parroquia y en sus casas, tantísimas veces nos hemos desvelado recordando, comentando y soñando, incapaces de bajar las revoluciones tras haber visto pasar al Señor.

Para el que solo lo haya visto desde fuera, hay que decir Llamados no es algo improvisado, flor de un día pasajera; es el fruto de muchos años de un camino que empezó cuando un grupo de personas dijeron sí a la propuesta de un sacerdote de empezar en su parroquia un camino de Nueva Evangelización de la mano del curso Alpha

De la manera más impensada, como le gusta hacer las cosas a Dios, todo nació de unas oraciones ecuménicas que el párroco hacía un par de veces al año en muy petit comité con unos hermanos protestantes que daban clase de inglés allí, en las que oyó hablar de Alpha. Y, sin titubear, abrió la puerta a una experiencia que cambiaría la parroquia.

Primero, como Jesús, convocó a los futuros líderes, (laicos que apenas llevaban unos años confirmados como adultos y otros de toda la vida de la parroquia) que casi ni se conocían, ni sabían el tinglado en el que se metían, pero estaban dispuestos a confiar y dar un paso al frente. Y el milagro fue ver cómo el primer curso se llenó, el segundo se desbordó y, lo más importante: el Espíritu Santo transformó los corazones de todos.

De aquel primer fin de semana del Espíritu Santo nació todo, como en Pentecostés, porque la gente experimentó el quebrantamiento y el amor de Dios, de una manera que nunca podrán olvidar. No solo la gente era impactada como invitados de Alpha. Entre ellos, los del equipo, se vieron vidas cambiadas, amistades forjadas, sanaciones profundas y hasta noviazgos que empezaron gracias al simple hecho de ponerse a evangelizar todos juntos.

La experiencia crecía, a la par que el equipo, y las cosas demandaron un parón, para reconfigurar la pastoral de la parroquia y aprender a asimilar lo que el párroco diría que fue el pasar de un liderazgo basado en él, a uno basado en nosotros (corresponsabilidad pura y de la buena).

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Parar las cosas, pausar la catequesis para reformular y esperar a sincronizarse para soñar juntos no es algo que se vea todos los días. La mayoría de las parroquias, con éxito o sin él, viven atrapadas en un contínuo de activismos y urgencias que imposibilitan todo cambio por la mera razón de que no son capaces de bajarse del carro ni cinco minutos para dejarse reconfigurar por Dios. Hacerlo no fue fácil para Santo Domingo, ni fue comprendido por todos. Admirada por algunos, criticada por otros, la parroquia siguió adelante y empezó a atraer tanto a otras parroquias y párrocos, como a personas sedientas de un encuentro con Dios.

Y de esta dinámica nacieron dos empeños: el primero, dar al resto de la Iglesia lo que estaban viviendo, y el segundo abrir sus puertas para que Dios tocara a todas esas personas que quizás no vinieran a un curso de primer anuncio, pero definitivamente necesitaban una experiencia del amor y la misericordia de Dios en sus vidas.

Así nació una relación con muchas parroquias que quisieron acercarse a Santo Domingo a ver lo que pasaba, con días de pastoral, entrenamientos y testimonios que se prodigaron y jugaron un papel importante en el desarrollo de la Nueva Evangelización en España.

Además, en el corazón de todo, surgió con fuerza una experiencia soñada por aquellos que habían sido sanados, tocados y convertidos por el Señor, que sentían la necesidad de orar por la gente y ver suceder el Reino de Dios. Aquella maravillosa gente del equipo de Alpha, sanados, liberados y consolados, dieron lo mejor de sí en unas noches mensuales donde tras la eucaristía, se ofrecía un rato de adoración seguido de un tiempo de intercesión persona a persona.

Y el Señor, cómo no, comenzó a pasearse por medio de todos y a tocar a los que se acercaban. Al principio, apenas unas decenas de personas, y pronto todo el templo lleno, abarrotado de personas hambrientas del toque de Dios. Los testimonios de sanaciones se sucedieron, y la parroquia se vio desbordada ante la cantidad de gente necesitada de un abrazo de unos hermanos que, en oración, les dieran palabras de parte del Señor.

Y, aunque profundamente carismático, nada de aquello tenía el sello habitual de los tan de moda fenómenos de masas, donde todo gira en torno a un predicador taumaturgo, a experiencias de los carismas desatadas o peliculeras, o un afán con tufillo de turismatismo. Todo era muy comedido, ordenado y, si me apuras, hasta demasiado “clásico”. Misa de diario, exposición del Santísimo de libro, y unas canciones de alabanza y adoración no particularmente explosivas ni incendiarias. Quizás lo más llamativo eran las palabras de conocimiento personalizadas, tanto que en algunos casos llevaban el nombre del destinatario.

Dios actuaba, se daban testimonios públicos de la acción de Dios, y por supuesto, ni la parroquia era perfecta, ni el equipo y el párroco estuvieron exentos de sus desafíos, sus dificultades y su propia humanidad. A la vez que eran testigos de la acción de Dios, también tuvieron sus pérdidas familiares, sus desencuentros personales, y las vicisitudes propias de todo grupo humano que intenta hacerlo bien. Digo esto por no idealizar, pero sí para resaltar lo humano que puede ser todo cuando nos dejamos hacer por Dios y mantenemos la comunión a pesar de todo con los ojos puestos en el Señor. Detrás de toda historia de bendición y fruto, siempre hay muchísimo más de lo que se ve, y en lo bueno y en lo malo damos gracias a Dios por recordarnos que dependemos de Él para todo.

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Siguiendo con la historia, la pandemia fue un antes y un después. Fue el momento en el que las oraciones de Misericordia se empezaron a retransmitir, igual que los cursos Alpha y, como se oyó en Llamados en un testimonio poderoso, Dios también quiso hacerse presente bendiciendo en remoto a quienes no podían acudir físicamente a la parroquia.

Finalmente, y tras todos estos años, la vida y los caminos del Señor han permitido que Santo Domingo se liara la manta a la cabeza y decidiera lanzarse a ofrecer una gran oración de Misericordia a lo grande, en el corazón de Madrid.

Para eso, cómo no, se llamó a Alpha para ir una vez más juntos de la mano en una aventura nueva, y se contó con la diócesis de Alcalá, y tantísimas parroquias que son “sospechosos habituales” en el tema de la renovación pastoral y las iniciativas de Nueva Evangelización. Todos estaban invitados a beber del agua que quita la sed.

El fruto ya lo vimos el pasado lunes, y se intuye que lo veremos en las semanas sucesivas en forma de testimonios.

Pero ha de quedar clara una cosa.

Aunque sea un tiempo en el que los grandes eventos se están poniendo de moda, en el que parece que la tendencia es un cristianismo de grandes gestos y momentos efusivos y sentidamente postmodernos, lo de Llamados es el fruto de un camino de quince años y no flor de un día o un simple subidón de emoción.

Para los que vibramos con la Iglesia, ver a Hillsong y al párroco anglicano Nicky Gumbel, dando gloria al Señor ante 7.000 católicos en un evento cuya cúspide fue una exposición del Santísimo Sacramento, es el ecumenismo soñado. Aquel que se parece a lo que viviremos en el cielo cuando todos proclamaremos a una voz, como hijos de Dios, el Señorío de Cristo y la gloria, el honor el poder y la majestad del Padre, en el Espíritu Santo.

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Los pequeños comienzos (unas oraciones ecuménicas de un párroco que sacó tiempo para orar con unos hermanos evangélicos, las oraciones de quienes pasearon orando por sus calles clamando por renovación), dieron un fruto que solo se puede dar desde el ecumenismo más genuino (“que todos sean uno para que el mundo crea” Jn. 17): una parroquia renovada consciente de que su propio cambio afectará a la Iglesia y al mundo entero. Y todo, sin confusión de identidades, cada uno desde lo que es y a lo que fue llamado por el Señor, demostrando que hay un camino de unidad práctica que pasa por la evangelización y la misión conjunta más que por las declaraciones de intenciones de unidad y las teorías.

Donde dos o tres se reúnen en Su nombre, Jesús ha prometido hacerse presente. Y no hay nada más poderoso que dos cristianos que se ponen de acuerdo para pedirle al Padre en Su nombre. Sin unidad, no hay renovación ni conversión posibles. Ni dentro de casa, ni afuera en el mundo. Por eso nos jugamos tanto en saber transitar con humildad el camino que afirma que nos necesitamos los unos a los otros.

Y, si algo ha demostrado Llamados, es que el Jesús que conocemos no es un tipo al que le vayan solamente los eventos y los conciertos. Como en la historia de Santo Domingo, Jesús entreteje historias personales, sueños de corazones creyentes, dolores y necesidades del pueblo sufriente, y hace con ellos un fabuloso manto para ofrecernos un cobijo duradero y eterno en la casa del Padre. Y la imagen de todo esto es la Iglesia, la cual se ve en el rostro de toda parroquia cuando, como Santo Domingo, se deja hacer por Dios y se lanza a la aventura de salir de ella misma.

Así, cuando llega el día de hacer un Llamados, no estamos ante un evento, sino ante un acontecimiento. Y este acontecimiento no es otro que el único y más importante de toda la historia de la humanidad: Jesucristo en medio de nosotros, en medio de su Iglesia, en medio de la ciudad, en medio de la humanidad.

Y para quienes amamos a Dios y vibramos con su Iglesia, ver eso una noche de invierno en Madrid, con gente venida de toda España y del mundo entero, es un pedacito de cielo que no se puede olvidar fácilmente, ni en la retina, ni en el corazón.

¡Ah!, y aunque Jesús no organizaba eventos ni conciertos… está claro que le gusta ir a ellos…

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