Andrea Rivero García
2026-02-02 08:41:00
El sarampión, una enfermedad considerada controlada en gran parte del mundo desarrollado, está experimentando un preocupante resurgimiento desde 2025. En este sentido, Estados Unidos ha registrado este año pasado el mayor número de casos en más de tres décadas, un fenómeno que los expertos atribuyen principalmente al descenso sostenido de la cobertura vacunal infantil y al aumento de poblaciones susceptibles en un contexto de intensa movilidad internacional.
«Muchas jurisdicciones en Estados Unidos han visto disminuir de forma clara las tasas de vacunación en la infancia», advierte Sten Vermund, médico epidemiólogo, director médico del Global Virus Network (GVN) y decano de la Facultad de Salud Pública de la Universidad del Sur de Florida, en declaraciones a este medio. El experto pone como ejemplo su propio estado: en 2021, hasta 29 condados de Florida alcanzaban el objetivo del 95% de cobertura vacunal frente al sarampión en niños en edad de guardería, mientras que en 2025 solo lo consiguen siete. «Esta tendencia se repite en muchos otros estados», señala.

Según encuestas recientes, el 77% de los condados y jurisdicciones estadounidenses han experimentado descensos significativos en las tasas de vacunación infantil desde 2019. El resultado, explica Vermund, es un aumento progresivo del número de niños susceptibles y una pérdida de la protección colectiva que ofrece la inmunidad de grupo.
En este contexto, en España la situación del sarampión ha empeorado en los últimos meses, reflejando la tendencia observada en gran parte de Europa y Norteamérica. Tras haber sido declarado oficialmente «país libre de sarampión» desde 2016, la Organización Mundial de la Salud ha retirado ese estatus, tras confirmarse la restablecida transmisión endémica de la enfermedad, con casi 400 casos confirmados en 2025, más del doble que en 2024, y un total acumulado de más de 620 casos en dos años.
Brotes, viajes internacionales y poblaciones vulnerables
Los brotes recientes de sarampión en Estados Unidos se han relacionado de forma recurrente con áreas de baja cobertura vacunal y con la importación de casos a través de viajes internacionales. Aunque el sarampión es prevenible mediante vacunación, sigue circulando activamente en distintas regiones del mundo, lo que facilita su reintroducción en países donde el virus había sido eliminado.
Desde la perspectiva de la salud pública, la inmunidad colectiva desempeña un papel clave. «La inmunidad de grupo protege a las personas no vacunadas, a quienes tienen inmunosupresión —como muchos pacientes con cáncer— y a quienes son demasiado pequeños o están demasiado enfermos para vacunarse», explica Vermund. En contraste, las personas correctamente inmunizadas tienen un riesgo mínimo de desarrollar enfermedad grave.
«La inmunidad de grupo protege a las personas no vacunadas, a quienes tienen inmunosupresión —como muchos pacientes con cáncer— y a quienes son demasiado pequeños o están demasiado enfermos para vacunarse»
La persistencia de la transmisión ha llevado a una situación inédita en los últimos años. Canadá perdió en 2025 su estatus de eliminación del sarampión, y Estados Unidos podría seguir el mismo camino en 2026 si no se revierte la tendencia actual. Las consecuencias ya son visibles: brotes con más de 800 casos en estados como Texas y Carolina del Sur, con propagación a otros estados, provincias canadienses e incluso a México.
Este retroceso supone un desafío relevante para las políticas de salud pública, ya que el estatus de eliminación —definido como la ausencia de transmisión endémica durante al menos 12 meses— es un indicador clave del éxito de los programas de vacunación sistemática.
El sarampión es una enfermedad grave, incluso en países con acceso a vacunas
Los datos clínicos confirman que el sarampión sigue siendo una enfermedad potencialmente grave, incluso en países con alta disponibilidad de vacunas. En 2025, el 11% de los casos registrados en Estados Unidos requirieron hospitalización, incluidos numerosos niños pequeños, y se confirmaron al menos tres fallecimientos.
«Estos números nos recuerdan que el sarampión es una enfermedad muy seria», subraya Vermund. «La vacuna mantiene a salvo a los niños y a los adultos vulnerables, evitando hospitalizaciones, complicaciones a largo plazo e incluso la muerte». El epidemiólogo destaca que la vacunación no solo reduce el riesgo de infección, sino que, sobre todo, disminuye de forma drástica la gravedad de la enfermedad. «Las personas no inmunizadas sufrirán todas las consecuencias clínicas de la infección», advierte.
Ante la detección de casos, los sistemas de vigilancia y la respuesta temprana resultan esenciales para evitar la expansión de brotes localizados. «Cuando se notifican casos de sarampión, las autoridades sanitarias pueden movilizar campañas de vacunación masiva para facilitar el acceso a las personas vulnerables», explica Vermund. En determinados contextos, también se recurre al cierre temporal de escuelas o centros de trabajo si existe riesgo para estudiantes o trabajadores especialmente vulnerables.
A diferencia de otros virus respiratorios, las medidas de higiene de manos tienen un impacto limitado frente al sarampión debido a su altísima transmisibilidad aérea. Por ello, la vacunación sigue siendo la herramienta preventiva fundamental.
Un problema global con impacto local
A escala mundial, el sarampión continúa causando decenas de miles de muertes cada año, especialmente en países con sistemas sanitarios frágiles. Los expertos consideran que las lecciones son claras: sin una cobertura vacunal elevada y sostenida, incluso los países con mayores recursos pueden ver reaparecer enfermedades que se creían controladas.
«El descenso de la vacunación es difícil de revertir en un contexto de desinformación y discursos antivacunas amplificados por figuras públicas y redes sociales», reconoce. No obstante, confía en que la gravedad de los brotes y sus consecuencias clínicas impulsen un cambio de percepción social. «La movilización comunitaria y la labor de las organizaciones profesionales, promoviendo políticas basadas en la evidencia, pueden marcar la diferencia», concluye el especialista.